En el mundo amplio de la sostenibilidad, tenemos hoy dos realidades en pugna. Por un lado tenemos ciertos liderazgos políticos que cuestionan las crisis que estamos enfrentando y vuelven el tiempo atrás a los “trade-offs” entre crecimiento económico de corto plazo vs desarrollo sostenible. Por otro lado hay una sobrepoblación de pactos, coaliciones, redes, eventos y foros. Todos con sus buenas intenciones, sin duda, a lo que se suman ideas piloto, laboratorios de innovación y startups de impacto que prometen cambiarlo todo… en escala experimental (necesario y valioso, sí, pero no suficiente).
Pero mientras tanto, en la realidad que no se preocupa de discursos, alianzas, foros o declaraciones ni en un sentido ni en el otro, las métricas globales concretas no son necesariamente buenas: el año pasado le pegamos el palo a los 1.5 grados de aumento de la temperatura por sobre la era pre industrial, el sobregiro ecológico de la Tierra se adelanta cada año (en 2025 fue el 24 de julio), los avances en los ODS están estancados y, en muchos casos, retroceden. Y aunque se recicla más que antes, seguimos lejos del umbral mínimo para hablar de circularidad: apenas 6,9 % de los materiales consumidos globalmente provienen de fuentes recicladas, según el último Circularity Gap Report.
Bajando a Chile, la situación macro no es mucho más auspiciosa: nuestro día del sobregiro este año fue en mayo, y en economía circular local vemos que sólo ~21 % de los residuos no peligrosos se valorizan, según cifras oficiales del Ministerio del Medio Ambiente. Para los residuos domiciliarios, el porcentaje es aún más bajo, y algunos flujos clave como los aparatos eléctricos y electrónicos no superan el 4 % de reciclaje efectivo. Aun con leyes como la REP y hojas de ruta ambiciosas, los números no se mueven lo suficiente. Y mientras se multiplican los eventos sobre sostenibilidad, la acción climática o la economía circular efectiva sigue esperando. Lo que tenemos es una brecha importante entre la ambición declarada y el impacto medible.
El problema no son las ideas (y a estas alturas tampoco el financiamiento, si las ideas son buenas y de impacto comprobable). Es la falta de capacidad institucional, músculo operativo y decisión política y empresarial para escalarlas. La sostenibilidad no se resuelve en cumbres ni en promesas públicas. Se construye en la gobernanza de las empresas, en los presupuestos nacionales, en las decisiones de los directorios, en los contratos con proveedores… en las palancas que movemos y sobre las que operamos a nivel estratégico y operativo.
Acelerar el impacto implica salir del cómodo mundo del storytelling y entrar en el terreno, más incómodo pero esencial, del “delivery”. Implica gobernanza, inversión en capacidades, incentivos alineados y mucha menos tolerancia al greenwashing. Pero también requiere hacernos preguntas más difíciles: ¿qué estamos dispuestos a dejar atrás? ¿Cómo redistribuimos costos y beneficios de la transición? ¿Quién se hace responsable (y se lleva la recompensa) de ese delivery?
Necesitamos menos discursos aspiracionales y más arquitectura de implementación. Menos mesas redondas y más presupuestos que integren las externalidades y costos reales de lo que hacemos y generamos. Menos manifiestos y más rendición de cuentas. La sostenibilidad no puede seguir siendo un adjetivo. Tiene que ser un verbo: hacer, transformar, medir, corregir, premiar, innovar.
No necesitamos más acuerdos. Necesitamos más implementación a escala. Y si vamos a visibilizar, prioricemos el impacto real, con capacidad de inspirar y de ser imitado. Porque más que palmadas en el hombro entre conversos, necesitamos acelerar el impacto.
Daniel Vercelli B., Cofundador de Manuia Consultora, director de empresas